EL MUNDO DE LA ABSTRACCIÓN CON ALAS DE MARIPOSA. LADISLAV CEPELÁK

En 1994 asistí a una de las exposiciones más completas dedicada al profesor Cepelák. Esta muestra era un homenaje al profesor que acababa de dejar la Academia donde había formado a toda una generación de artistas gráficos.

Tuve la suerte de participar en el taller de grabado del profesor Cepelák; durante un año académico asistí regularmente a sus clases y ambos disfrutamos de una comunicación visual sin palabras. En mi poder guardo dos grabaditos de mi profesor y un catálogo de su obra dedicado y firmado. Él se llevó consigo uno de mis grabados “Ryba”, una de las pruebas que nacieron en aquellos momentos rodeada de nuevos elementos y en medio de un gran parque “Stromovka”, el entorno de aquellos árboles milenarios que me otorgó toda una paz de conocimiento.

En el taller de Ladislav Cepelak, mis compañeros aprendían de mi la espontaneidad, mientras yo absorbía su tranquilidad, su gran base técnica y de dibujo, a veces dudaba del carácter artístico de todo ello. Pronto supe que todos esos años de falta de comunicación habían alejado el Arte, quedando esa gran técnica dominada por el miedo. Ahora tengo un criterio, una opinión sobre el arte checo en general y de cada época en particular, pero en aquel momento desconocía todo, miraba y callaba…

En el taller de Ladislav Cepelák, a quien visité cuando se hallaba enfermo, se encontraba toda una vida cubierta y protegida por el polvo. Entrar en el pequeño taller me produjo una sensación difícil de explicar. Mis compañeros me ofrecieron la posibilidad de acompañarles para visitar al profesor enfermo, su casa se encontraba en Malá Strána. Nos recibió con tranquilidad y una sonrisa. Una de mis compañeras le llevaba unos panecillos en una bolsa de papel que él agradeció obsequiándonos con una copita de Campari. Creo que abrió la botella para nosotros, entre papeles viejos y amarillentos, catálogos, carpetas, grabados, tintas… sacó unas copas que se adivinaban de cristal, era imposible ver el brillo totalmente olvidado en el tiempo y protegido por una gruesa capa de polvo que ya era parte de la misma pieza. Bebimos y como era incapaz de participar en la conversación, mi vista viajaba entre los cuatro muros donde colgaban varios violines a la espera de ser acariciados para enseñarnos toda su delicadeza musical. Cepelák hacía sus violines y los tenía colgados por las paredes como pequeños trofeos. Al ver mi interés por la música enseguida cogió la última pieza inacabada de seis cuerdas y nos interpretó una difícil melodía. Al abandonar aquel lugar salí con las manos llenas de papeles de grabado y en el corazón una idea, nunca volvería a ser la misma, en mí había crecido mi ya patente relativismo, nunca más volvería a saber que es “la realidad”.

Mi profesor y compañeros me regalaban material de grabado porque en aquellos momentos era imposible encontrarlo en la única tienda para los estudiantes de AMU, la visitaba repetidas veces sin éxito,  no tenían material o se negaban a vendérmelo por ser extranjera, hasta que mi profesor me hizo una carta que me abrían esas puertas cerradas a un almacén vacío. De igual forma, por las calles se veían tiendas de libros de segunda mano y de instrumentos de música. En la calle Národní, por donde solía pasear, me atraía intensamente el escaparate de una de esas tiendas de música y un día me hechizó la imagen de un violín, viejo, casi roto, no podía marcharme si no era con él bajo el brazo, lo intenté en varias ocasiones pero no querían vendérmelo, era para los estudiantes, no para “una occidental caprichosa y materialista”. Pero yo creo que, al final por agotamiento, se decidieron a dármelo, tras varias semanas de dialogar con el vendedor a quién no entendía en absoluto y él ni siquiera intentaba saber que es lo que decía, definitivamente aceptó las trescientas coronas, y por las noches, mi violín lloraba en notas descompuestas en mi habitación de Kajetanka.

Uno de mis recuerdos más agradables fue la despedida que prepararon mis compañeros y mi profesor, yo no les di nada y ellos me aportaron tanto… Nunca sabía lo que me esperaba cuando aceptaba una invitación, me movía como un vidente en el mundo de los ciegos, me dejaba llevar dado que no sabía, tan sólo intuía lo que intentaban decirme.

Una mañana de la tardía primavera, con un sol de rayos débiles, nos dirigimos a un pueblecito a las afueras de Praga, primeramente dimos un paseo por el campo, el profesor y sus alumnos charlaban pero no sé o no recuerdo de qué, yo les acompañaba y también hablaba y no sé muy bien como nos entendíamos, el lenguaje del gesto es muy útil. Mis compañeros me gastaban bromas, Kamil me llevaba en sus hombros (recordando una anécdota de una tarde en una “hospoda” donde cada estudiante me invitó a un pequeño licor verde “zelevno”….). Cada uno de mis compañeros me fue regalando una flor y así pasamos el día para terminar en la casa del profesor Cepelák, donde se preparó la fiesta, vino moravo, “Chlebícky” y  ¡cómo no!, canciones moravas. Pavel, aquel compañero que con su amistad me acompañó durante todos los momentos que aquí recuerdo, cantaba con tanto sentimiento que hasta se le escapaban algunas lágrimas, los moravos viven su cultura, sienten su tradición y folklore, pero como me recordó Seifert hace muy poquito en nuestro último diálogo:

…” pero no me pondré a llorar, aunque las lágrimas, según dice Juvenal, representan la parte más hermosa de nuestros sentidos. Lacrimae nostri pars optima sensus”.

Yo no lloré pero me llenaba la emoción y la intranquilidad, no sabía como poder mostrar mi agradecimiento. Al final de la tarde, cuando el velo negro cubría los campos, mi profesor dijo: – “ha llegado el momento”-. Una de mis compañeras al piano y Cepelák al violín, me dedicaron una sentida melodía de despedida. No tengo palabras, ni las tuve en aquel momento, mis últimos días en el taller, antes de mi regreso a casa, los dediqué a la elaboración de una tirada de grabados para cada uno y todos mis compañeros, fue mi forma de decir -”gracias”- por haberme dado a conocer toda mi ignorancia.

Por eso ahora le dedicó a mi profesor y mis compañeros este pequeño recuerdo de la obra de un grabador.

Ladislav Cepelák nace el 25 de junio de 1924, estudió en la Academia de Arte de Praga entre 1945 y 50. A lo largo de su carrera recibió numerosos premios y reconocimientos a su labor en el grabado, como por ejemplo la medalla de oro en “Bienal de Florencia” 1972, premio a su obra gráfica en 1967 en el centro de “Arte gráfico Hollar”. Su obra ha sido expuesta en numerosas muestras tanto dentro como fuera de las fronteras checas. Más de veinte años dedicado a la enseñanza en la Academia de Arte de Praga, donde desarrolló una labor con gran interés formando a generaciones de grabadores.

El fenómeno de la luz y el espacio constituyen los puntos de partida de su obra gráfica, inspirado siempre en esa naturaleza que le rodea, en esas pequeñas formas vivas, cambiantes, que le llevan a un estado de evolución de simplificación de espacios hasta alcanzar la abstracción dentro de esos elementos vivos.

Su trabajo gráfico comienza alrededor de 1948 con su primer aguafuerte “Bufón” de 1949 a 1951 es su ciclo “Parque en Veltrusy”. Estos primeros trabajos muestran ese elemento romántico y de observación de un amante de la naturaleza, la belleza de los campos en invierno, la soledad y la tranquilidad de espacios dormidos en otoño, poblados del sueño de los árboles desnudos como únicos personajes de la escena.

De 1952 y 1953 son algunos aguafuertes sobre el tema de naturalezas muertas. Sus obras de finales de los 50 y principio de los 60 fueron expuestas en la primera y segunda exposición del grupo “Octubre” en el centro de “Arte gráfico Hollar”. En el festival de la joven gráfica Cepelak participa con algunos aguafuertes que ya están marcados de un estilo consolidado.

Su obra es poesía, él era una persona que vivía bastante apartado del mundo en su pequeño rincón de arte y cristal. Se decide por la obra en blanco y negro, cada una de sus estampaciones presentan una riqueza de tonalidades de grises al igual que todo un conjunto de texturas. Materias que nacen inspiradas en la misma naturaleza y que con gran dominio el artista reproduce en sus matrices, donde con ayuda de los instrumentos de acero y la fuerza de la mezzontinta, como técnica maestra, nos traslada a esos espacios creados y a la vez reflejo de un entorno real.

Es interesante como el profesor elige un tema, por ejemplo sus series de mariposas, primeramente representa el objeto en su totalidad para, con la progresión de la serie, ir aumentando una zona que le interesa como si de una óptica se tratase. Selecciona un pequeño espacio del todo que representa a gran escala, como al mirar a través de un microscopio, y así se aleja de la realidad del objeto para llegar a la abstracción, pero siempre está presente ese contacto con la figura representada.

En sus grabados estudia la naturaleza, lo que la rodea, representando un pequeños detalle que le interesa con técnicas de aguafuerte, aguatinta. Aunque he mencionado su predilección por el blanco y negro, a veces también se adentra en el mundo del color….

Sus series de cuervos, telas de araña, nidos, troncos muertos, tierras y horizontes. Todo un conjunto de símbolos de la vida misma. Lo efímero, la variedad, el detalle, la individualidad del hombre como minúsculo punto en el cosmos mezclado con lo espiritual. La unión entre lo simple y poético, parábola de lo eterno, conexión filosófica entre la luz y el ruido, el espíritu,  la materia, muerte-vida. Todo ello está dentro del mundo individual de cada uno de nosotros y Cepelák nos lo hace ver. Hay que recordar la frase de Paul Klee “El Arte no reproduce lo que es visible pero hace visible lo que no lo es”

En 1996 la obra de Cepelák fue reconocida con el premio Vladimír Boudník y expuesta en las salas del viejo Ayuntamiento de Praga, fue un recuerdo al artista recientemente fallecido a las puertas del nuevo siglo. Un reconocimiento a su labor como grabador, músico y profesor. Una despedida hacia un personaje querido, reminiscencia de un pasado ya demasiado alejado. Entre las alas de sus mariposas y al son de sus violines de seis cuerdas se aleja un recuerdo muerto más. Vivo en mí…con esa imagen que guardo de aquella noche viajando en el metro en Praga de regreso a Kajetanka, yo no le vi frente a mi, sentado con su cesta llena de flores y verduras. Al llegar a la estación de Malostranska se me acercó y entonces es cuando supe de su presencia y antes de vystupovát me regaló una flor y una sonrisa. …. Roztomilý pane proferore… Pozdravuj ode mě přistí věk….

Por Mercedes de la Zarza.

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