La metamorfosis de Arbus

Nacida y criada en el seno de una acomodada familia judía, propietarios de un próspero negocio que se asentaba en la Quinta Avenida de Nueva York, la ya adolescente Arbus, se sintió brutalmente atraída por otros ambientes menos opulentos, alejados de esa situación idílica cotidiana que durante su infancia le aportó su hogar, escenarios habitados por seres humanos que la relamida sociedad de la época discriminaba y ocultaba sin dudarlo de los espacios mas concurridos.

Como en un intento de escapar, una necesidad vital por conocer ese otro mundo paralelo tan distinto a esa idea que sus padres le intentaron mostrar desde pequeña, Arbus se encontraba en una búsqueda constante e incansable de la normalización de lo que a ojos de la sociedad se considera extraño, grotesco, anormal, haciéndonos ver y entender que se trataban de personas tan humanas y respetables como las demás.

En cada uno de sus retratados yacía intrínseca una parte de su extravagancia, de su carácter obsesivo y morboso: cortesanas, gigantes y enanos, travestidos, discapacitados mentales,… Toda una esperpéntica colección de retratos de esos seres cuyas características morfológicas –acompañados en muchas casos, de un deteriorado estado mental – se alejaban como los dos extremos de un abismo del concepto que perseguía el verdadero sueño americano. Siempre atenta, al acecho de esa extraña hermosura que exhalaba lo horrible, lo monstruoso, lo diferente, dentro de un Nueva York nocturno, sumida en esa jungla de asfalto como enclave principal, morada de estos seres de pesadilla, almas errantes en vida.

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Merodeando constantemente, cámara en mano y con sigilo, los ambientes frecuentados por estos personajes, condición que le permitía ser parte formal de estos escenarios, llegando a convertirse con el tiempo en un elemento familiar para sus retratados – según Arbus: “he aprendido a mentir como fotógrafa. Ha habido ocasiones en las que he ido a trabajar con ciertos disfraces, simulando, actuando, pareciendo pobre”.

Se convirtió en una mas, una paria de la vida, confesando a sus noctámbulos modelos esa pasión desenfrenada por esta modalidad artística que tanto nos apasiona, esperando siempre ansiosa que estos aprobaran sus inusuales y porque no, retorcidos deseos fotográficos. Su condición humana se vio mermada con el paso de los años en forma de continuas depresiones, como si estos “monstruos” le hubiesen transmitido en forma de enfermedad infecciosa su faceta mas decadente, una espiral de autodestrucción que terminó por arrebatar su vida cuando tan solo contaba con 48 primaveras en su haber.

Javier Domínguez “Jadoga”

http://www.jadoga.es

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@JadogaPhotoArt

#CinemaPortraits

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