Sobre Makhmalbaf (II)

Safar é Ghandehar (Kandahar)

Llegamos a Kandahar, el punto por el que partí sobre la biografía de Mohsen, y al que no habría sido capaz de llegar de otra manera, porque para mí su alma es previa, esencial e indisponible a cualquier obra suya.

Escrita y dirigida por Makhmalbaf y estrenada en 2001, esta obra nos relata la historia de Nafas, una periodista de origen afgano que está refugiada en Canadá, la cual recibe una carta de su hermana pequeña que aún vive en Afganistán. Gracias a ese trozo de papel se produce el punto de inflexión que da a la luz la aventura. En la carta, la hermana pequeña le dice que ha decidido quitarse la vida antes del próximo eclipse de Sol. Nafas será capaz de arriesgar su existencia, abandonar el país que la protege y volver a aquella patria de la que tuvo que escapar durante la guerra civil talibán. Todo con tal de ayudar a su hermana, aún si esa ayuda depende de cruzar por cualquier medio la frontera entre Irán y Afganistán.

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Su viaje atraviesa el oscurantismo talibán decorado por las imágenes de un desierto desolador, en el que las voces de la miseria, el hambre, la represión y el terror son los únicos compañeros que tiene en ese Afganistán rural, saqueado por la guerra, mutilado en los cuerpos de los afganos.

El film se centra principalmente en la situación marginal de la mujer, oculta por el símbolo de sumisión y silenciamiento ante el honor de la autoridad masculina: el burka.

“Las personas necesitan razones para vivir y en algunas ocasiones la esperanza es esa razón: para el sediento el agua, para el hambriento el pan, para el solitario es el amor. Para la mujer cubierta la esperanza es el día en que puedan verla”. Frase de Kandahar

Sometidas a las leyes coránicas, que representan el honor de los ciudadanos civiles afganos y al sistema educativo opresor de مَدْرَسَة, (la madrasa), las mujeres tienden a aceptarlo porque ayuda a dar de comer a sus hijos cada día.

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El film fue grabado de forma prácticamente secreta en Afganistán. El guión actúa como una conducción del drama, pero sin cobrar más protagonismo que las imágenes que se viven, y los actores no son en absoluto profesionales. De ahí que puedan percibirse ciertas carencias interpretativas. Pero como la pretensión es ser un híbrido entre el documental y la ficción sin alcanzar al falso documental, se conjugan muy bien esas interpretaciones frágiles y naturales con la desgarrada protagonista, quien al taparse con el burka se comunica con el espectador en voz en off, manteniendo un ejemplar ritmo narrativo y alcanzándose de nuevo a sí misma, sí, de nuevo, porque la actriz que interpreta a Nafas revive su pasado. Kandahar en muchos sentidos es una historia cierta, de una mujer desesperada que acudió a un director de cine para que la ayudara a salvar a una amiga, y este director pudo grabar el proceso. Captó un infierno en el que la condición femenina ha de sobrepasar mil obstáculos, sin importar la condición extranjera o la situación económica. Nafas como mujer, ha de sobrevivir adaptada al sistema que pretende esquivar.

La mirada de esta película es la de Nafas, pero su mirada es occidental. La de una periodista occidental que atesora su grabadora, utilizándola en todo momento como testimonio. Quedará horrorizada  y asombrada constantemente por las circunstancias de un lugar en el que los medios de comunicación, los libros, el cine o cualquier forma de expresión están prohibidos. No hay democracia. Los derechos humanos son inexistentes. La igualdad de sexos y la dignidad de las mujeres están desterradas. Una mujer ni siquiera puede ser atendida por un médico adecuadamente, porque éste no puede tocarla y ella tampoco desnudarse ante él.

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La fotografía juega con el paisaje, decide informarnos de lo que enseña y lo que oculta y hace que los personajes resplandezcan en la aridez y la penuria constantes en las caras de niños que cruzan el camino sin saber si una mina puede acabar con ellos en cualquier momento.

La banda sonora cautiva e hipnotiza y se ensambla con los cánticos del Corán y las quejas sufridas.

Pero Kandahar no es un mero despliegue estético ni busca la rentabilidad  exacerbada a través de los testimonios, aunque obviamente desee su explotación. Su arte es la denuncia y la demostración de este concepto es constante y deliberada y es capaz de sacrificar incluso su estructura cinematográfica en ocasiones por transmitir el mensaje. Existen excepciones estéticas como las de las mujeres con burka, vestidas de colores, dirigiéndose a una boda. Pero incluso esta licencia estética es comprometida. Es un compromiso de esperanza de esas mujeres.

Hoy día no nos resulta extraña esta historia, quizá por el machaque de los telediarios, la guerra y la gran progresión de films de este tipo. Pero en el año 2001, cuando este proyecto se llevó a cabo, no se hablaba, a nadie le importaba, solo a los concienciados e informados. Convenientemente y por desgracia, los sucesos del 11-S muy poco después de su proyección ensalzarían la potencia de este testimonio y lo harían de dominio público y aún más en un momento en que la guerra estalló. Las tropas estadounidenses recién atacaban las tierras afganas. En otra situación, quizá Kandahar habría sido olvidada.

Tras este film, Mohsen Makhmalbaf decidió llevar a la práctica su crítica, dedicándose a través de proyectos humanitarios a la población afgana, llegando incluso a conseguir que se cambiase la legislación iraní, y que se permitiera que medio millón de refugiados afganos pudieran estudiar en Irán. Constan más de 80 proyectos humanitarios para la educación, la cultura y la sanidad creados por Makhmalbaf, financiados en su mayoría por lo recaudado con Kandahar.

Actualmente, por su rechazo al nuevo gobierno iraní, se encuentra exiliado y sigue trabajando para ayudar a progresar a otros países de circunstancias similares.

Dice Ayaan Hirsi que la única esperanza verdadera para los musulmanes reside en que practiquen la autocrítica y que pongan a prueba los valores morales recogidos en el Corán. Sólo así podrán romper la jaula en la que están encerradas sus mujeres y por añadidura ellos mismos”.

Quizá algún día la conciencia pueda allanar el camino entre la tradición y la dignidad y sea la cultura la compañera de viaje y no la violencia o la discriminación.

Mírzam Sólsetur

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