Me gusta la Fotografía

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Me gusta la fotografía. En partircular me gustan aquellas imágenes que al primer golpe de vista cuentan la historia que llevan escrita en su reverso. Directas, sutiles y vibrantes… esa es su pulsión, porque siempre las (pre)siento como ventanas dinámicas que me susurran todo lo que acontece dentro del marco, y a su vez, también lo que sucede fuera. Nunca sabré qué pasó a derecha e izquierda de la imagen mostrada, ni tampoco arriba o abajo de su frontera, aunque esa composición, ese gesto, esa mirada… me ayudan a imaginarlo. La ventana mágica me lo está susurrando, me está contando la historia de su reverso.

Tengo la fotografía en mi mano y observo detenidamente una parte de ese mundo que ya dejó de existir, aquella realidad capturada, fugaz como un simple click, que me sugiere también lo que acontece fuera de ese marco. El fotógrafo me arrastra para toparme directo y frontal con su imagen, con todo aquello que cautivó su atención, pero mis ojos pueden ver más, mucho más…

Cuando leo un libro o me cuentan una vieja historia, mi propia imaginación crea y completa la escena: la descripción de los personajes, sus diálogos, los detalles y la ubicación proporcionan lo que allí ocurre, incluso puedo oír ciertos ruidos. Es como una realidad perforada donde, a elección, me sumerjo para ver lo que allí sucede, para “sentir el momento“. Con la fotografía me pasa exactamente lo mismo: veo, observo y construyo todo aquello que el “marco de la ventana” me impide visualizar. Lo de dentro habla de afuera, la realidad estática me insinúa lo invisible, aquella otra parte de la historia parcialmente tapada con passepartout. Así el marco se hace cada vez más amplio, con bordes cada vez más difusos… pero siempre más grande, tanto como aquella imagen inicial sea capaz de traspasar mis retinas, de expandirse y conmover mi conciencia.

Es entonces cuando pienso en la mirada del fotógrafo, en la importancia que supone tener una mirada selectiva, crítica, desafiante, innovadora, inquieta e indecisa… para capturar lo que mis ojos no ven. ¿Por qué me muestra esa escena? ¿por qué ese juego visual? ¿por qué a color? ¿por qué en blanco y negro? ¿por qué ese encuadre?… y así, un millón de infinitos porqués que poco a poco, a medida que voy encajando respuestas, me hablan de lo que vieron sus ojos en aquella fracción de segundo, regalándome aquel instante. Precisamente a partir de esa interacción con el instante capturado, nace en mí la sensación de formar parte de algo complejo, cercano y distante al mismo tiempo, que no hace más que recordarme que soy un ser minúsculo, frágil, humano; en definitiva, se trata de la misma sensación que me aborda tras leer el libro que tanto me apetece, de ver una vez más aquella película que me conmueve, de abrir mi ventana para sentir el aire, de asomarme, de estirar mis brazos y tocar con los dedos aquellos gestos, aquellas miradas, aquella soledad, aquella luz, aquel color… de ver y comprender, de expandirme.

Por MG Abadía.

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